Hay islas que se anuncian con la bravura del mar abierto, y otras que custodian sus misterios en el remanso templado donde los ríos se rinden a las mareas. Cortegada pertenece a esta última estirpe. Siempre había contemplado su perfil boscoso desde el paseo marítimo de Carril, recortado sobre las aguas mansas de la ría de Arousa como una mancha esmeralda flotando a tiro de piedra de la costa. Sin embargo, para cruzar ese canal estrecho no basta con el deseo; hace falta coordinarse con los caprichos de la luna y subirse a una embarcación en el puerto de Vilagarcía de Arousa con la disposición de quien se adentra en un territorio detenido en el tiempo.
Mi travesía comenzó una mañana limpia de otoño, cuando el muelle vilagarciano despertaba entre el trajín de los aparejos y el graznido insistente de las gaviotas. Me acomodé en la pequeña lancha neumática autorizada para acceder al Parque Nacional de las Islas Atlánticas. Éramos un grupo reducido, una decena escasa de personas guiadas por un patrón local curtido en las corrientes cambiantes de la desembocadura del Ulla. Al soltar amarras y sentir el suave cabeceo sobre el agua salada, la perspectiva urbana de Vilagarcía empezó a encogerse a nuestras espaldas.
Navegar por este rincón de la ría es una lección de geografía viva. Apenas el motor bajó de revoluciones para no perturbar el fondo, la embarcación sorteó con destreza el laberinto de estacas que delimita los viveros de almeja y berberecho de Carril. Desde la borda, casi al alcance de la mano, contemplé a las mariscadoras faenando con el agua hasta las rodillas sobre los bancos de arena. El patrón nos señaló la importancia de las mareas vivas: en la bajamar más pronunciada, Cortegada casi podría alcanzarse caminando con el fango al pecho; con la pleamar, el canal se llena de vida submarina y permite un atraque limpio en el viejo pantalán de madera de la isla.
El desembarco tuvo algo de umbral mágico. Apagar el motor y poner un pie en la orilla supuso un corte radical con el bullicio costero: el rumor de los motores de la lonja se extinguió, sustituido de golpe por el canto denso de los pájaros y el crujido de las ramas bajo el viento suave. Cortegada nos recibió con su joya botánica más singular: el mayor bosque de laureles centenarios de Europa. Caminar bajo esa cúpula vegetal tupida, donde los troncos retorcidos se entrelazan como columnas vivas cubiertas de musgo y líquenes, desprendía un aroma balsámico que llenaba los pulmones de una frescura casi sagrada.
Recorrer las ruinas de la antigua aldea abandonada y la ermita de la Virgen de los Milagros, donde la hiedra reclama pacientemente los muros de piedra que una vez albergaron a colonos y campesinos, completó la sensación de lejanía.
Al subir de nuevo a la lancha para regresar a Vilagarcía, mientras la proa abría una estela plateada rumbo al muelle, sentí que aquel trayecto de pocos minutos había sido en realidad un viaje de siglos. Coger el barco a la isla de cortegada en Vilagarcía demuestra que la aventura más honda no exige cruzar océanos, sino saber cruzar una lámina de agua para escuchar el latido vegetal de una isla que guarda intacta la memoria de la ría.